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Mensaje de Pascua: En la mesa de la fraternidad

Hace unos días, el Papa Leo habló sobre la creciente brecha entre ricos y pobres y llamó a convertirse en “expertos en lo nuevo”, para que nadie quede excluido de la mesa de la fraternidad.

Estas palabras tocan el núcleo de nuestra convivencia económica. La división entre ricos y pobres no surge por casualidad. Sigue una lógica simple: en todo trabajo remunerado se genera un excedente que no va a quienes trabajan, sino a los empresarios. Así, la desigualdad crece automáticamente, incluso cuando todos actúan de buena fe.

La pregunta, por tanto, es: ¿basta con exigir una distribución más justa o debemos repensar los fundamentos de nuestra economía?

Las categorías actuales de salario, precio y beneficio son formas de mediación históricas. Han permitido el progreso humano, pero el crecimiento económico está destruyendo nuestras bases de vida.

El mensaje de la Pascua nos recuerda que lo que parece inmutable puede superarse. Tal vez esto también se aplique a nuestro sistema económico.

Hoy, por primera vez en la historia, tenemos la capacidad técnica de vincular directamente necesidades y producción. La conectividad global y la inteligencia artificial permitirían que las personas pidan directamente a los productores lo necesario para una vida digna, sin la influencia del mercado y la competencia que nos empujan a consumir cada vez más.

Ya utilizamos internet para nuestro abastecimiento, pero sigue mediado por el mercado. Los propietarios de plataformas como AliExpress, TEMU o Amazon están entre las personas más ricas del mundo.

El paso decisivo sería un cambio de perspectiva: si los empresarios renunciaran al beneficio y el trabajo dejara de entenderse como mercancía remunerada para convertirse en una contribución voluntaria al bien común, entonces la economía podría estar al servicio de las personas y no al revés.

Si reducimos los procesos económicos a sus elementos más simples, solo quedan dos factores: los dones gratuitos de la creación (recursos naturales) y la actividad humana vinculada al mercado.

Sin este mercado, los dones de la creación podrían llegar directamente a las personas, conservando su carácter gratuito y estando disponibles para todos sin condiciones.

Debemos liberarnos de la idea de que el cambio solo es posible mediante revoluciones o colectivización. No: basta con reunir a productores y trabajadores, es decir, consumidores, en una misma mesa como hermanos, ya no como adversarios. Sin beneficios, sin salarios, todas las personas estarían provistas de todo lo necesario para una vida digna.

Un orden así no solo superaría la división social, sino que también pondría fin a la presión del crecimiento constante. La producción podría orientarse a las necesidades reales: sostenible, duradera y en armonía con la creación.

Lo que suena radical toca una idea profundamente cristiana: todo es don. Y lo que es don no puede convertirse en mercancía. La Iglesia siempre ha recordado que la fraternidad no es solo un ideal para el cielo, sino una misión para este mundo.

Tal vez haya llegado el momento de tomar en serio esta idea también en la economía, para que realmente todos tengan un lugar en la mesa de la fraternidad.

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