¿Cuál es el futuro del capitalismo?
El capitalismo se autodenomina la forma más elevada de desarrollo humano. Las sociedades que intentaron sustituirlo por una economía planificada centralizada volvieron a las estructuras de economía de mercado tras varias décadas. De este modo, se presenta como históricamente superior a sus alternativas del siglo XX.
Cada forma de economía está ligada al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas sociales. ¿Sigue siendo funcional la coordinación de la economía de mercado en las condiciones de las modernas tecnologías de la información y la comunicación, o se ha producido hace tiempo una discrepancia estructural entre las posibilidades tecnológicas y las instituciones económicas?
Las fuerzas productivas en la vía rápida
Hoy en día, el capitalismo se ha visto superado por el desarrollo de las fuerzas productivas. La ciencia, la tecnología y la comunicación han alcanzado un nivel que ya no se ajusta al suministro mediado por los mercados. Internet permite una comunicación global inmediata. Al mismo tiempo, los sistemas basados en datos y la inteligencia artificial permiten coordinar procesos complejos de producción y logística en tiempo real. El capitalismo, por su parte, sigue organizando el suministro a las personas a través de los precios, los ingresos y el poder adquisitivo, al igual que en los siglos pasados.
Aunque la economía produce desde hace tiempo en abundancia, las personas siguen teniendo que obtener ingresos para acceder a los bienes de primera necesidad. Esta necesidad no es una ley natural, sino el resultado de un principio de intercambio históricamente obsoleto: trabajo por dinero, dinero por mercancías.
La presión del crecimiento y la destrucción sistémica
El sistema crediticio capitalista impone un crecimiento cuantitativo constante. Para pagar los intereses y los rendimientos, es necesario producir y vender cada vez más mercancías. La obsolescencia programada, la publicidad agresiva y, cada vez más, la producción de armamento sirven para aumentar artificialmente el consumo necesario.
Al mismo tiempo, se frena la automatización porque pone en peligro los ingresos, mientras que la riqueza se concentra cada vez más en unos pocos actores del mercado. Las consecuencias son una sobrecarga cada vez mayor de los trabajadores, el desperdicio de recursos, el aumento de las montañas de basura y las emisiones, que aceleran el cambio climático y ya están causando catástrofes de gran alcance.
Las propuestas de reforma críticas para el sistema, como los impuestos a los ricos o las normas medioambientales más estrictas, pueden aliviar los síntomas, pero no cambian las causas: la presión por el crecimiento y la mediación del mercado en el suministro.
La comunicación directa de las necesidades como alternativa a la mediación del mercado
La función natural de la economía es proporcionar a la humanidad una vida digna mediante el suministro de bienes y servicios. Hoy en día, por primera vez, esta función podría cumplirse directamente. Desde hace años, disponemos de la tecnología necesaria para comunicar las necesidades directamente a los productores. La inteligencia artificial puede optimizar las vías de suministro, coordinar los procesos de producción y distribuir los recursos de manera eficiente.
Para ello no sería necesario reorganizar la economía. Esta podría seguir esforzándose por optimizar sus servicios, pero en términos de calidad en lugar de cantidad. Los productos duraderos y de alta calidad y los sistemas de ciclo cerrado reducirían drásticamente el consumo de materias primas y la cantidad de residuos y gases de escape, y harían innecesarios los mercados como instrumento de asignación. El requisito previo es el fin de la obligación de valorización conforme al mercado.
Propiedad: exclusión y función económica
El capitalismo se caracteriza por la propiedad privada de la tierra, los medios de producción y las viviendas. Mientras se comercialicen bienes, esta propiedad debe generar ingresos, lo que supone excluir a otros del libre acceso a estos bienes.
Sin embargo, si el abastecimiento de las personas se realizara directamente, incluso el de los propietarios, ya no habría motivo para este criterio de exclusión. Los recursos que la Tierra proporciona como dones de la creación, las instalaciones de producción o las viviendas podrían entonces ser accesibles gratuitamente para todas las personas.
La transición: cierre del mercado
Un cambio tan profundo no puede producirse gradualmente dentro del mercado, ya que este se reproduce a sí mismo e impide el cambio. Sin embargo, con la eliminación del criterio de exclusión de la propiedad y la eliminación de los costes laborales, todos los bienes estarían disponibles de forma gratuita de inmediato.
En esencia, solo sería necesario un acuerdo global tácito: Todas las relaciones económicas se mantendrían y seguirían utilizándose de forma transitoria, pero ya no habría contabilidad ni nóminas. De este modo, los bienes serían inmediatamente gratuitos para todas las personas, tanto para los empleadores como para los empleados, y ya no sería necesario obtener ingresos.
No sería necesario reestructurar la economía: a partir de la fecha límite, el mercado dejaría de existir porque los bienes estarían disponibles gratuitamente. Las estructuras de comunicación existentes, con el apoyo de la inteligencia artificial, se encargarían de coordinar el suministro.
Dado que la economía ya produce en gran medida «justo a tiempo», no sería necesaria una planificación centralizada del suministro.
Trabajo, solidaridad y desarrollo humano
Este cambio debe debatirse ampliamente en todo el mundo y con antelación.
Hay que eliminar el miedo a la escasez. Hoy en día producimos el doble de lo que se necesita, por lo que hay suficiente abundancia.
Hasta que se alcance una automatización avanzada, los trabajos desagradables deben distribuirse de forma solidaria. Sin embargo, esto no debería suponer ningún problema, ya que estas tareas solo representan un pequeño porcentaje del trabajo total y la jornada laboral se reducirá drásticamente en su conjunto.
Con la desaparición de la obligación de obtener ingresos, surge por primera vez la posibilidad de que las personas puedan elegir libremente actividades acorde con sus talentos y aptitudes. Sin la obligación de comercializar la mano de obra, el potencial intrínseco del trabajo significativo puede desarrollarse sin límites.
La gestión disciplinada y solidaria del primer confinamiento por la COVID-19 en marzo de 2020 ha demostrado que la humanidad es capaz de un comportamiento tan coordinado, solidario y disciplinado.
Consecuencias sociales y ecológicas
Los ricos no perderían nada: la propiedad no se vería afectada, ya que perdería por sí sola su criterio de exclusión. Los gastos reales para su sustento, que solo representan una fracción de su patrimonio vinculado a los mercados de capitales, estarían libremente disponibles, al igual que para todas las personas. Las personas desfavorecidas, por el contrario, se beneficiarían directamente, ya que desaparecerían las causas estructurales del neocolonialismo y la explotación y todas las personas tendrían acceso sin restricciones a todo lo necesario para vivir. La tan criticada diferencia entre ricos y pobres se disiparía por sí sola, sin que nadie se viera perjudicado.
La fuerte reducción de las emisiones de la producción también reduciría considerablemente las causas del cambio climático y es probable que los objetivos climáticos a largo plazo se alcanzaran en poco tiempo. La desigualdad de género desaparecería, ya que se eliminaría la diferencia entre el trabajo remunerado y el no remunerado.
La suposición de necesidades ilimitadas
Una objeción que se plantea a menudo contra los modelos de suministro independientes de los ingresos o gratuitos es que, al eliminar los precios y los ingresos, la demanda crecería de forma inconmensurable. Esta suposición se basa implícitamente en la idea de que las necesidades humanas son ilimitadas y, por lo tanto, el comportamiento de consumo también lo es.
Sin embargo, esta idea no es empírica ni teóricamente sostenible.
Necesidad frente a demanda
En la teoría económica, a menudo no se distingue entre necesidad (necesidades orientadas al uso) y demanda (demanda solvente). En el capitalismo, la necesidad aparece exclusivamente en forma de demanda, es decir, como una variable mediada por los ingresos y los precios.
Por lo tanto, la sobreproducción en el capitalismo no es expresión de una necesidad excesiva por parte de los usuarios, sino el resultado de un modo de producción impulsado por la oferta. La producción no se realiza principalmente para satisfacer las necesidades existentes, sino para obtener valor de cambio y asegurar la valorización del capital.
Sobreproducción inducida por la oferta
Empíricamente se puede demostrar que los mecanismos centrales de la sobreproducción actual se encuentran en el lado de la oferta. Entre ellos se encuentran, en particular:
- la obsolescencia programada, que acorta artificialmente la vida útil de los productos;
- la publicidad agresiva y psicológicamente optimizada, que crea nuevas necesidades o refuerza las existentes;
- la diferenciación de productos sin valor añadido funcional, que acorta los ciclos de venta;
- la presión institucionalizada por el crecimiento como consecuencia de la financiación basada en el crédito.
Estos mecanismos no sirven para satisfacer necesidades, sino para estabilizar mercados de venta continuos.
La frugalidad como constante empírica y antropológica
La suposición de necesidades ilimitadas contradice además los hallazgos antropológicos y sociológicos. En casi todas las sociedades se observa que las necesidades humanas son relativamente estables más allá de un cierto nivel material. Los estudios sobre la satisfacción con la vida indican que el consumo adicional por encima de las necesidades básicas tiene efectos limitados sobre el bienestar.
La frugalidad no debe entenderse como una categoría moral, sino como una característica estructural de la formación de las necesidades humanas. Las personas buscan seguridad, reconocimiento social, sentido y autoeficacia, no posesiones materiales ilimitadas.
Comportamiento de consumo en condiciones de suministro directo
En condiciones de suministro directo, independiente de los ingresos, desaparece el incentivo de compensar el estatus mediante el consumo, ya que los ingresos y las posesiones pierden su función de señal social. Al mismo tiempo, la publicidad y la creación de marcas pierden su función económica, ya que ya no es necesario asegurar las ventas.
En tales condiciones, las necesidades materiales se orientarían probablemente hacia requisitos de uso reales: los bienes duraderos, reparables y de alta calidad sustituirían al consumo de reemplazo a corto plazo.
La sobreproducción como fenómeno sistémico
Por lo tanto, la sobreproducción no es una expresión de la desmesura humana, sino el resultado de un sistema que depende de la valorización continua del capital. En un sistema en el que la producción está directamente vinculada a las necesidades reales y no a las ventas, desaparece el incentivo estructural para la sobreproducción.
El temor a un crecimiento incontrolado de la demanda ignora así la diferencia fundamental entre un modo de producción basado en el valor y un suministro orientado al valor de uso.
Resumen
El artículo describe la tesis de que la coordinación de las economías capitalistas en condiciones de digitalización avanzada, comunicación global y automatización ha alcanzado sus límites estructurales. Si bien el capitalismo ha sido históricamente superior a las economías planificadas centralizadas, sus mecanismos de mediación fundamentales —el mercado, los precios y los ingresos— se han vuelto cada vez más disfuncionales.
En particular, la presión del crecimiento inducida por el crédito, el abastecimiento dependiente de los ingresos y la necesaria exclusión del acceso a los recursos generan crisis ecológicas y sociales que no pueden abordarse de manera adecuada mediante medidas de reforma.
Se describe una posibilidad teórica de suministro independiente de los ingresos y coordinado directamente, basado en estructuras de comunicación digital y optimización asistida por IA. Se muestra que, en las condiciones mencionadas, la asignación de mercado, el valor de intercambio y los costes laborales pueden perder su función económica.
Me gustaría mucho que estas reflexiones fueran objeto de un amplio debate y pido que se difunda este llamamiento.
Berlín, 10 de enero de 2026
Eberhard Licht